Las y los profesionales refugiados y migrantes que están en Ecuador son una fuerza laboral lista para implementar sus conocimientos y experiencia en las organizaciones que los contratan, aportando al desarrollo económico del país a la par que construyen una carrera

Según el reporte Retos y Oportunidades de la Migración Venezolana en Ecuador, publicado por el Banco Mundial en 2020, la mayoría de la población venezolana en el país tiene educación secundaria –en comparación a la población ecuatoriana de acogida, que tiene predominantemente un nivel de educación primaria–. Del mismo modo, este documento afirma que “la proporción de población con educación de tercer nivel es superior para los migrantes, en particular para el caso de las mujeres”. 

Una de las empresas donde los trabajadores en movilidad humana cimentan su trayectoria profesional es la proveedora de medicina prepagada Saludsa. “Ellos no están en la empresa por ser venezolanas, sino porque participaron de un proceso y lo ganaron –dice Eduardo Izurieta, presidente ejecutivo–. Son sobresalientes, cumplen sus objetivos y son responsables”. 

María Auxiliadora Rojas tiene 31 años y es parte de esa organización desde hace cuatro. Después de graduarse en medicina general y hacer un posgrado en cirugía, trabajó en el departamento de emergencia de algunos hospitales de su tierra. Ahora vive en Quito y es médica auditora en Saludsa. “Nos encargamos de revisar todos los documentos médicos legales –explica–, y con base en eso emitimos una respuesta de cobertura”. 

Su trabajo demanda habilidades técnicas y de comunicación. Ella revisa si el tratamiento y la medicación que recibe el paciente son los adecuados y cumplen con las normas del Ministerio de Salud, así como con las condiciones del contrato con la empresa. También comunica las decisiones de aprobación o de negativa, así como sus motivos, al paciente o sus familiares. 

María Auxiliadora pudo traer a sus padres de Venezuela hace un año. Ahora, ellos tienen su trabajo propio y ella siente que ha encontrado una segunda familia en sus colegas. 

Miguel Hernández, de 36 años, es otro colaborador de Saludsa que tuvo que salir de Venezuela. Se estableció en Quito en 2015. “Llegamos mi esposa, mi hijo, que en ese momento tenía cuatro añitos, y yo. No sabíamos si nos iba a ir bien. Fue una decisión súper dura, nunca me imaginé salir de mi país. Mi plan era proyectarme con mi familia allá”. 

Jamie Guevara, Eduardo Izurieta, Miguel Hernández y María Auxiliadora Rojas.

Aunque estaba estudiando Economía cuando dejó Venezuela, su primer empleo en Quito fue como reciclador, cargando chatarra. Después de algunos trabajos temporales, fue contratado para el área de servicio al cliente del Contact Center de Saludsa, donde atiende requerimientos a través de llamadas telefónicas y correo electrónico. “Un cliente necesita una respuesta inmediata, porque estamos hablando de su salud o la de un familiar suyo –cuenta Miguel–. Somos la cara de la empresa para poder solventar el problema que tengan”.

Una parte fundamental del trabajo de Miguel es lograr una conexión emocional con los clientes. “Ellos tienen preocupaciones en ese momento, temen por sus familiares. A veces hay que dejar de lado el protocolo y colocarse en la posición de esa persona –explica–. Yo trato de ayudarles de una manera en que ellos sientan que hay un humano del otro lado, y que esa persona entiende lo que ellos están sintiendo”.

Miguel ha encontrado en la empresa algo más que una fuente de ingresos. “Para mí dejó de ser un trabajo y se convirtió también en mi familia. Como persona en movilidad humana, fuera de Saludsa, sí es duro. Pero, desde que estoy aquí me siento seguro. Desde el encargado de la limpieza hasta los gerentes son personas que hacen el esfuerzo por conocerte y tener un acercamiento”. 

Los resultados obtenidos por Jamie Ayecsa Guevara son otro ejemplo de cómo la empresa es un semillero de trayectorias profesionales. Ella es asesora de negocios para venta y posventa, y en sus cuatro años dentro de Saludsa ha cosechado varios premios de desempeño y becas. “Mi trabajo es buscar prospectos que les interese contratar un plan de seguro médico. Trato de acordar citas con ellos –dice Jamie–. Ahorita, en tiempos de pandemia, en modo virtual, y de esa forma explicarles, detalle a detalle, todos los beneficios y coberturas que van a tener si forman parte de esta gran empresa”.

Jamie Ayecsa Guevara, asesora de negocios.

Jamie nació en Venezuela. Allí estudió Derecho, Mercadeo y Obras Civiles. Debido a la situación en su país, tuvo que salir a Ecuador junto a sus dos hijas hace seis años, para lo cual vendió los bienes que tenía y preparó sus documentos académicos, así como los permisos de salida del país de las niñas. 

Antes de ingresar a Saludsa, Jamie trabajó en una imprenta litográfica, limpiando casas, lavando platos y vendiendo arepas, yogur y helados. “Llegó un día en el que dije ‘tienes dos carreras, tienes dos hijas, hay muchas oportunidades, vamos a buscar algo mejor’”. Finalmente, hace seis meses, Jamie compró su casa propia. “En Saludsa he crecido profesionalmente un 200 por ciento, además de que he hecho lazos familiares con mis hermanos ecuatorianos”.

Jamie, Miguel y María Auxiliadora son solo tres de los treinta colaboradores de otras nacionalidades que son parte de la compañía, pero son una muestra del valioso aporte que estas personas hacen a la cultura corporativa. “Lo que buscamos es servir a nuestros clientes. Lo más importante es ese espíritu de servicio; es lo que busco impregnar en la compañía –dice Eduardo Izurieta–. Y cuando hablo de servir, me refiero a servir a todos: a los clientes y a las personas con las que trabajamos”.